28.11.09

Bunny Munro…




Aixina que «La muerte de Bunny Munro» de Nick Cave "no està mal", ¿eh? Ai, Comtessa, Comtessa… És vosté tremendament compulsiva en quasi tot. Mira que li he dit voltes que necessita una inyecció urgent de tai chí per a paladejar les coses. Coneixent com conec el seu exquisit gust estètic i lliterari i la seua sensibilitat, estic més que convençut de que va llegir este llibre de forma "massa" ràpida. Quasi que m'atreviria a obligar-la a que se la tornara a llegir… en calma.

Perque «La muerte de Bunny Munro» és una novela monumental… i no obstant, com li diguí a Diafebus, segurament no apta per a tots els públics. M'explique: si no conseguixes sentir una fonda tendrea des de les primeres pàgines pels dos protagonistes, Bunny i Bunny Jr. és difícil entrar i disfrutar de cada llínia.

I eixa tendrea és… bufff… difícil d'engolir, perque el tipo és un desgraciat i un filldeputa extrem.

No els desvele més. Els deixe en l'adjectiu: monumental. Una obra que no estarà en l'alta de la lliteratura mestra, pero dificílment oblidaré mai ni al pare ni al fill de 9 anys. Per cert, esta relació paterno-filial té més paralelisme dels que a primera vista pareix en una atra novela monumental, «La carretera» de Cormac McCarthy. I curiosament me la recomanà la mateixa persona.

A ballar. Els deixe en una de les millors cançons de Jim Morrison.

25.11.09

Ese fantasma llamado Soberbia.

24 de Noviembre de 1996. 27 años. Hace ahora 13 años mi vida comenzaba a ser una broma cáustica del destino.

Una profesión diabólica que yo mismo había escogido me llevaba a compartir el 90% de mi tiempo con personas a las que nunca elegí para hacerlo. Había días en que cuando salía de casa mi hijo estaba durmiendo y cuando llegaba seguía haciéndolo. Durante semanas enteras toda mi relación con él fue verlo dormir antes y después de mis maratonianas jornadas laborales que incluían 6 visitas a la oficina-bar y otros tantos carajillos para despachar con clientes, almuerzo y comida de trabajo y algunos días también cena, prisas y premuras, pagos pendientes, llamadas del banco, búsqueda de fiadores, ruegos de clemencia, aplazamientos, reinventarse constantemente, uso y abuso de amigos…

Y sin embargo, allí dentro de aquel tornado yo creía que era feliz. Todo aquello era sencillamente el precio a pagar por conducirme según mis creencias y mis ideales. Me equivocaba. Las creencias y los ideales debieron haberse quedado en la adolescencia. La vida no era aquello y yo ya había leído y vivido —y me lo habían explicado— lo suficiente como para haberlo sabido. Sin embargo seguía y seguía, con empecinamiento, convencido de que, de repente, un día todo daría un giro de 180º.

De vez en cuando despistaba unas pesetillas de la caja y un rato de asueto para alargarme hasta el Dia y llenar la despensa del tomate frito más barato, las frankfurt más baratas y los espaguetis más baratos. Durante meses todos los hidratos de carbono que entraron en la casa fueron obra y gracia de la desprendida generosidad de mi suegra.

Entre tanta infamia, de tanto en tanto, no había más vía de escape que huir a las entrañas de la noche con algún buen amigo a disertar, junto a copas de alcohol barato, sobre el rumbo de los acontecimientos. Y aún encontraba tiempo, encima —¡manda huevos!—, para tratar de enderazar la vida de algún otro que yo consideraba que se torcía por caminos poco recomendables. Recuerdo, por ejemplo, las largas conversaciones con A., un yonqui condenado a serlo por el destino y, sin embargo, un luchador infatible que me merecía toda la admiración… pero cayó.

Hace tiempo que tengo la certeza de que no fue así, de que sencillamente en la vida se cometen errores y ya está, pero un año después, cuando me separé, llegué a pensar que tal vez sin el calor del infierno en que habitaba, las cosas hubieran podido ser distintas para mi vida conyugal.

Y de repente, cuando había hecho un esfuerzo sobrehumano por volver a poner algunas cosas en su sitio, cuando empecé a atisbar que tal vez yo no tenía razón en todo, cuando vislumbré que mi energía no era inagotable, sobrevino un abismo.

El del caos más absoluto. El de la convicción que era el caos que yo había elegido con algunas decisiones equivocadas. El abismo de saber que todo era culpa mía y sólo mía.

Es difícil expresar con palabras cómo era aquel abismo. ¿Han tenido alguna vez la sensación de que sus cuerpos no obedecen a sus mentes? ¿Han sentido ese vértigo? Yo lo sentí. Había creído firmemente que mi energia vital era infinita, en el enésimo ejercicio de soberbia, y sin embargo la naturaleza, el destino, un dios —vayan ustedes a saber— me miraron a los ojos y me dijeron que no.

Y una mañana sucedió: mi cuerpo no obedecía a mi mente. Y pasé una larga y sufrida penitencia por todos mis pecados. 15 días de hospital y meses de convalescencia. La vida quiso ofrecerme una segunda oportunidad. Tuve suerte. Volvió el tiempo de los amigos de verdad, de la familia, de destinar horas a ver crecer a mi hijo, de recuperar las propias inquietudes —que no eran obviamente ni el trabajo ni sus vías de escape—. Renació un hombre que ahora, por fin, tenía alguna cosa que ofrecer. Alguna cosa de verdad. Y también apareció M., que le hizo volver a creer en él mismo y fue su sostén durante años.

27 años. Punto de inflexión. Días y días perdidos. Meses perdidos. Para mi hijo, para mi y para el mundo. Sí. Perdidos. No hacía falta todo éso para aprender que la vida puede ser una gran putada, que hay que ser precavido con las decisiones que se toman, que hay que valorar justamente cada brizna de amor que nos regala.

Cuando vean el fantasma de aquel hombre —que por ejemplo fui yo— huyan despavoridos.

Ese fantasma se llamaba Soberbia.

[Afortunadamente hay personas que saben ser maravillosas con 27 años]

APÉNDICE DE PECADOS CAPITALES Y CASTIGOS EN EL INFIERNO.

Pecado Castigo en el infierno
Lujuria Asfixia en fuego y azufre.
Gula Forzado a comer ratas, sapos, lagartijas y serpientes vivas.
Avaricia Colocado en aceite hirviendo.
Pereza Arrojado a una fosa con serpientes.
Ira Desmembramiento.
Envidia Sumergido en agua helada.
Soberbia La rueda

17.11.09

Fóllate a 40…

Transcripció fidedigna d'una conversació —habitual per lo demés— en les duches d'una piscina-gimnàs, mantinguda entre tres pollos d'uns 30 anys, no massa guapos, ni massa "caches", ni massa ben dotats:

Nano 1— Nano, es que esa chica me gusta.
Nano 2— Tú eres tonto, nano. Dedicate a follar. Fóllate a 40, ahora que puedes. A 40 como mínimo. Y no a 4.
Nano 3— Pero pagando o sin pagar?
1— Jajaja —tímit.
2— 40 sin pagar y pagando las que quieras, que salen más baratas. Por 60 pavos pegas un polvo que te cagas. Más barato que invitar a una tía a cenar y a copas.
1— Jajaja —més tímit.
2— 40, nano, como mínimo. Empieza el jueves, nano. No pierdas el tiempo, que cuando te cacen se te acaba lo bueno.

La realitat sempre supera a la ficció.

13.11.09

River




E
. és home de frases i sentències. Les oferix en contagotes, només en cafens de fit a fit, i mai quan hi ha gent més ingeniosa al seu voltant. Té la ment llaugera i ràpida. A sovint quan raone en ell —en la virulència dialèctica dels amics— acabe la conversa en un "touché. Touché, cabró!". Sempre té a punt el contrapunt llúcit i punçant.

E. té un entreteniment singular. No és un experiment psciològic de l'Iniciativa Dharma. És un joc psicològic per a fer feliç a la gent que l'envolta. Traça perfil psico-culturals dels seus amics per a recomanar-los llibres i películes. Quan sempre ho encerta se sent satisfet i orgullós com un chiquet entremaliat. És un procés obert, tan obert com fragmentaris som tots.

En mi té eixa espineta clavada. Soc el que més li falla dels seus conillets d'Índies.

Esta volta no. El dimecres em regalà La muerte de Bunny Munro, novela de Nick Cave, el seu músic favorit. Els llibres també són les circumstàncies dels llegidors —Perogrullo dixit— i les meues en este moment són poc propícies a la llectura serena. Pero sorprenentment anit em vaig posar i m'alcí quasi mija novela d'una assentada —d'una gitada, en realitat—.

"— ¿Qué es eso? ¿Tu nombre? ¿River? ¿Quién te lo puso? […] — Me lo puso mi madre —dijo la camarera. — ¿Ah sí? Qué bonito —dice Bunny seccionando una salchicha y conduciendo la pieza hacia su boca. — Porque nací junto a un río —añade ella. Bunny mastica, traga y se inclina hacia adelante. — Menos mal que no naciste junto a un váter."

8 pàgines després, una hora després, moments abans de descobrir que la seua dòna s'ha suicidat per la vida que Bunny li dona…………

"Se han formado círculos de sudor bajo las mangas de su camisa color amarillo canario (se puso una limpia después de follarse a River) y al cruzar el patio percibe una tensión familiar y no del todo desagradable en la entrepierna".

Guau.

10.11.09

Santa Pola




Santa Pola, Guardamar, Torrevella… Ressonen en la meua memòria més ancestral, brinets de la memòria difícils d'identificar i d'ubicar. Pero ressonen pròximes des de sempre. Mar, peixca i havaneres. I Tabarca clar, a un tir de pedra. La tradició marinera valenciana més meridional.

Vist des d'El Cabanyal és normal. El trànsit de persones vinculades en la mar entre aquella terra i esta ha segut constant. Allà anaren famílies de cabanyalers en —un de tants— temps de carestia i establiren cases en Torrevella com les d'ací, en paralel a la mar, totalment reconeixibles, fa més d'un segle. I en uns atres moments vingueren d'allà ací, igual, buscant la pataca. I de la mà de les persones transitaren també històries maravelloses de mariners i navegants d'ací i d'allà.

Per això assentat l'atre dia en l'escollera de Santa Pola, jugant a imaginar quantes braçades hi hauria que pegar per a aplegar a l'illa plana de Tabarca, tot era tan familiar, tan pròxim, tan reconeixible. Tan carregat de memòria.

Aparegué un veler governat per un insensat o un foll que escorava quasi 45º. Les tabarqueres no havien eixit pel temporal, com tota la flota peixquera que estava amarrada en port. La mar quan més brava més bonica. Açò devia pensar també l'intrèpit del veler. O no: pot ser estava allí perque sabia que l'admiraríem, mentres ens tocàvem els dits, en els llavis, i sabia que yo escriuria este post. Que els hòmens de la mar són molt sabuts.

Encara se'm posen els pels de punta de tornar a sentir A Santa Pola del cantautor ilicità Pep Marcos (sentir-la punchant ací).

6.11.09

El nom de les coses…

Les primeres llectures eren intuitives i en poc de criteri, erràtiques, pero eren les nostres. També nos en topetàrem en algunes fonamentals que ens marcaren per a sempre: Cien años… de G. M., Flor de Mayo de B. I., Crim i castic de D., Enzesberger, Escohotado…

Les primeres cervesses i botelles de vi també igual. Inventàvem el botellot: litrones en algun pati d'Eugènia Vinyes i botelles de vi en els banquets de l'avenguda Blasco Ibáñez, enfront dels antros.

En aquells banquilets depuràvem l'oratòria i la dialèctica en discussions sense fi sobre qualsevol insubstancialitat. Com ara bàsicament, vaja, pero en ara en més batalletes de yayo Cebolleta que contar…

I quan ens costava traure les paraules de la gola i ens quedava poca capacitat d'expressió més enllà de la rialla i l'abraç féem una concessió a la lírica.

Nos adisàvem en la foscor sòrdida de l'ACTV o en Acción i deixàvem volar la ment fins que entràvem en èxtasis quan sonava algun poema sense paraules, com este d'Anne Clark.

No ho recorde en nostàlgia. Estàvem descobrint el gel i el nom de les coses. El fret que et gelava el cos i l'ànima quan comprenies que ningú entenia de poesia i que només pareixia que era aixina per culpa de l'alcohol i les drogues. El nom de les coses, com desig, ànsia, calfor, tornar a casa en silenci, en el cap entre les amples solapes de la jaqueta…

No recorde en cap nostàlgia el temps de posar-li el nom a les coses. Em vaig divertir, pero m'estimaria més que això de posar noms a les coses vinguera de série en el moment de nàixer. A risc de rebre les seues maldicions, els ho confesse: m'estime molt més viure-les que posar-los nom.

4.11.09

10 deberes…

10 deberes para mañana:

1 Tomar té somnolientos, mirándose en silencio.

2 Sonreír en la ducha y tropezarse los cuerpos y las toallas.

3 Escuchar las llaves en la puerta, con el puchero al fuego.

4 Ver cambiar los colores de la ciudad desde el balcón y fumar.

5 Cruzar el estrecho puente de la mano, esquivando peatones y farolas.

6 Tomar café en la terraza del Praga, fantaseando con los rayos del sol.

7 Conducir hasta la costa, tras la puesta de sol.

8 Ir al 24h non stop en pijama a comprar un helado.

9 Apagar la luz de la mesita tras el festín y la duermevela. Buscar los labios ya sin fuerza.

10 Recrearlo todo en la memoria, en la distancia.

(Juntos)